Antes de mandar callar al dolor escucha su mensaje

Hace unos días, a la salida del trabajo, cogí la bici para venir a casa. Mientras pedaleaba, me llamó la atención la publicidad de un analgésico en la parte trasera de un autobús urbano. El eslogan decía: “Con [marca del producto] el dolor desaparece”. Este mensaje me hizo pensar en el dolor y la relación que solemos mantener con él.

A menudo percibimos el dolor como algo negativo y nos queremos librar de él en cuanto aparece y es lógico que así sea. A nadie le gusta el dolor -bueno, a los sadomasoquistas sí. Querer escapar del dolor es normal, es nuestra reacción natural. De hecho, creo que la función del dolor es movernos a salir de una situación que nos perjudica.

No hacer nada por evitar el dolor sería comportarse como un idiota, ¿no?  Un cuerpo sano y sin problemas no suele manifestar dolor, así que si sentimos dolor aparece podemos interpretarlo como un síntoma de un estado o funcionamiento anómalo de nuestro organismo. Por eso creo que en determinadas ocasiones, antes de hacer lo que sea por librarnos del dolor, conviene que nos preguntemos cuáles son sus causas, porque no debemos confundir un síntoma con una dolencia o enfermedad.

El dolor es un mensajero que viene a decirnos que algo no va bien. Si confundimos al mensajero con aquél que lo envía, corremos el riesgo de que el problema empeore. Antes de matar al mensajero es recomendable preguntarle quién lo envía, de lo contrario podemos pagarlo caro. Si no escuchamos al primer mensajero, puede que el segundo sea tan potente que no podamos ignorarlo.

Pongamos un ejemplo. Si durante ocho horas al día nos sentamos en una silla inadecuada en una postura incorrecta y no cuidamos nuestra espalda, antes o después, acabaremos con dolor de espalda. Si nuestra reacción ante ese dolor se limita a tomar analgésicos, puede que el dolor desaparezca, pero su causa seguirá ahí y, seguramente, el dolor empeorará. Con el tiempo, esa contractura o subluxación vertebral que podría estar causando nuestro dolor, podría convertirse en un problema más grave e incluso crónico.

En este caso, lo mejor sería preguntarnos por qué nos duele la espalda; cambiar de silla; cuidar nuestra higiéne postural; y realizar una actividad física adecuada para cuidar nuestra salud. ¿Sin analgésicos? Pues eso cosa de cada uno. Depende de cuánto nos duela y cuánto dolor queramos aguantar. Hay quien toma aspirinas como si fueran caramelos y quien prefiere que le cosan una herida a pelo, sin anestesia. Personalmente, creo que hay que actuar con sentido común y moderación, atendiendo siempre a la particularidades de cada caso.

En conclusión, el problema no es tomar o dejar de tomar medicamentos para evitar el dolor, sino acabar con el dolor sin buscar sus causas para poder tratarlas.

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